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Campazzo, dinámica de lo impensado

La revolución de los superhéroes ensamblados en Alta Córdoba, por Gabriel Rosenbaun

Campazzo, el Spiderman ensamblado en Alta Córdoba, es el superhéroe de los imperfectos, de los que no están predestinados a la gloria. Campazzo, el Facu de la NBA, es uno de esos pendejos de acá a la vuelta, del barrio, uno de esos atorrantes que pica la pelota por las veredas desparejas y rompe los huevos todas las siestas, bajo el sol abrasador, tiqui tiqui tiqui contra las baldosas de la cancha del club de barrio. Campazzo es el grito de desahogo contra todos los que te dicen que no, que vos no podés, que no vas a llegar.
Campazzo es el triunfo de lo que parecía imposible, de lo que nadie pudo prever, de lo que nadie vio. Campazzo es ese pibe que hace que se les escape la tortuga a los ojeadores, el que no aparecería en ningún posible draft. Facu es el que patea el tablero de lo establecido, de lo presuntamente inmodificable.
Porque a la NBA, seamos sinceros, siempre llegan los otros, los que están predestinados al éxito, los gigantes dominantes, los de físicos y condiciones atléticas de élite, los que flotan en el aire, los que hacen cosas distintas a las que él, vos y yo teníamos.
Campazzo es nuestra Cenicienta, la que entra de manera impensada a la fiesta pomposa. Campazzo es el embajador de los «normalitos», de los que no deberían llegar a destacarse, a los que el supuesto destino no les tenía preparado ningún carril sobre su ruta. Campazzo es el que se caga de risa del destino.
Campazzo sobre el parquet de una cancha de la NBA es un corazón que bombea por las venas de Marcelo y el Pichi. Campazzo es la sangre de una Córdoba orgullosa que infla el pecho cuando los yanquis pronuncian un apellido que les parece raro, de un pibe que no tenían en el radar, que viene de un país que la mayoría no debe saber dónde carajo queda. Campazzo es el diamante sacado del barro, el metal más pulido de unas pampas que regaron de bases exquisitos al básquet internacional.
Campazzo es el atorrante de la cuadra, el que juega en el club de los empleados municipales de Córdoba, un equipo que ni siquiera se destaca en el básquet de su ciudad. Campazzo es el pibe que parece un tornado en un campeonato que juega con la camiseta de Unión Eléctrica y despierta la atención de Peñarol. Campazzo es el pibe que se muda a Mar del Plata y duerme con la luz prendida porque le da miedo la oscuridad.
¿Cómo carajo ensamblás un superhéroe que le tiene miedo a la oscuridad? ¿Cómo le pedís a Marvel que aparezca un muñequito de un deportista al que Manu Ginóbili le dice que nunca había visto un pibe de selección con panza?
Campazzo es el insolente y caradura que debuta en la Liga, su mayor sueño. Facu es ese rompepelotas que te taladra la cabeza, el molesto de la cancha, el moscardón que te infla las pelotas. Campazzo es el que mira el Preolímpico 2011 desde las tribunas, porque aún es suplente en «Peña», el mismo pibe que al año siguiente queda entre los doce que van a los Juegos Olímpicos de Londres y el que en 2013 se hace dueño de la Selección junto con Luis Scola.
Campazzo es el terremoto que se va a Europa, el que se banca que el Madrid lo mande al Murcia, que los bravucones de redes sociales digan que no le da ni para jugar la Liga Española. Campazzo es el de los huevos gigantes en el partido épico contra Brasil en los Juegos de Río, el que salva las papas para el triple colosal del Chapu. Campazzo es el merengue del Madrid, la frutilla del postre, la fiesta para la que decoraron ese postre, el tipo que domina la Euroliga, el pibe al que Europa le queda chica.
Campazzo es la alegría y la intensidad, la esencia incorrompible y la inteligencia para cambiar el envoltorio, para dotar su juego de una variedad de recursos que no venían en su ADN. Campazzo es el revulsivo de toda la vida, el de la picardía que no se compra, el de la inteligencia que se adquiere sólo cuando tenés una sed infinita de aprendizaje. Campazzo es el que tira todas las porquerías que tiene en la heladera, porque está harto de ser considerado un enano gordito, y cambia su alimentación, su físico, hasta la fisonomía de su rostro.
Facu es el hijo de Mary y el hermano de Marcelo, el amigo de sus amigos, el que vuelve a Córdoba cada vez que puede y se entrena en «el Poli», el que toma mate y canta un tema de «la Mona» haciéndose el payaso antes de jugar su primer partido de pretemporada en la NBA. Campazzo es el que dice: «No sé si lo puedo decir, pero estoy cagado».
Campazzo es ese jeroglífico para los relatores yanquis, ese enano divino de la camiseta número siete de los Nuggets, el equipo del que ahora todos somos hinchas. El Facu es ese pibe del pase latigazo desde la mitad de la cancha jugando contra los Warriors, el caradura de Alta Córdoba que hace un paso atrás para meter un triple enbíei, el desfachatado que hace una flotadora tirando con mano derecha y el insolente que casi se cae pero zafa y arranca por el otro lado para definir de zurda contra el tablero.
Campazzo es, de repente, “el Mago”, el que genera que Jamal Murray tuitee que se parece a Spiderman, porque está en todas partes y el que se revuelva y salta y mueve los brazos como un molino de viento como si estuviera jugando los playoffs, no el primer partido de pretemporada. Campazzo es el carismático y entrador que hace que Jokic, la figura, se lamente de que no haya hinchas en las tribunas, porque ese enano cordobés se convertiría rápidamente en el favorito, en el que les arrancaría el corazón de puro atrevido.
Campazzo es, sobre todo, un tipo creativo que ama lo que hace, un sinvergüenza que se toma las cosas con seriedad implacable pero que nunca pierde la sonrisa. Campazzo es un atrevido, un osado, un tipo salido del molde que siempre va a inventar algo que no estaba en los planes. Por esas cosas, Campazzo te cautiva.
A la gente creativa, la que te saca una sonrisa, la que te hace sentir que hay Cenicientas y pendejos cordobeses que pueden jugar en la NBA, la queremos desde siempre. Desde que nos contaban cuentos a la hora de irnos a dormir, desde que nos deslumbrábamos cuando aparecía el mago en el cumpleaños de un amiguito del jardín. A esos superhéroes imperfectos los llevamos siempre en el corazón.
*Por Gabriel Rosenbaun